lunes, 31 de agosto de 2015

Stasiland, de Anna Funder

Hace ya un año que estuvimos viviendo en Alemania por un período largo de tiempo, con los niños en colegios alemanes, casa de alquiler, etc., o sea, inmersos en la socidadad germana, no de visita turistica. Ese año fue el último de los tres que disfrutamos de una beca alemana de investigación. Una de las ventajas, privilegios, o como queráis llamar, de esa beca era una visita al palacio presidencial en Berlín de la República Federal Alemana, donde el presidente Joachim Gauck recibía a las familias agraciadas con dicha beca. Pero ¿a qué viene toda esta historia? Bueno, pues que aprovechando esa invitación que coincidía, como no, con un puente (sí amigos, en Alemania también hay puentes, fiestas y todas esas cosas), aprovechamos para visitar Leipzig (que quedaba de camino a Berlín).

Leipzig es una ciudad peculiar. Después de la guerra (la segunda se entiende) cayó en lo que fue la RDA: La República Democrática Alemana, y junto con Berlín y Dresden fue una de las ciudades emblemáticas de ese experimento que se llamó RDA. La RDA era, en todos los sentidos, el paradigma o ideal de la sociedad de la parte oriental (o mal llamada socialista) del telón de acero. Un país de gente trabajadora, comprometida, con un nivel de vida envidiable… bueno, sin pasarse. Era el supesto objetivo de toda sociedad, y en particular de toda sociedad socialista, junto, claro está, con la propia Unión Soviética. De hecho, ambas (la RDA y la URSS) estaban a un paso de conseguir el objetivo supremo de toda sociedad: la sociedad comunista de Marx y Engels… o eso era lo que nos contaban, o al menos a mi, cuando estaba en secundaria allá por los años ochenta en la Cuba socialista (eterna pretendiente a ese mundo ideal profetizado por Marx a finales del XIX). Lo que pasó en los noventa todos lo sabemos: que esa sociedad perfecta se fue al garete (por no usar una palabra más fuerte) y que el odioso capitalismo con su economía de mercado acabó imponiéndose.

Pero regresemos a nuestra historia, que desvarío. Estabamos en Leipzig, ciudad modelo de la RDA, tan modélica que justo allí comenzó la “Revolución” que tiró “El Muro” y con él el telón de acero. En esa ciudad, con muchos parques pero donde era imposible encontrar un dichoso tobogán o un columpio (y es que nuestra hija que tenía cuatro años recién cumplidos exigía semejantes cosas), había muchas cosas que ver: el museo de Mendelssohn, la Iglesia de Bach, J. S., el Zoo… y ¡sorpresa! la casa de la Runden Ecke, más conocida como la sede de la Stasi (sede del Ministerio para la Seguridad del Estado, en alemán Ministerium für Staatssicherheit). Sin ninguna duda el resto de los monumentos de Leipzig han de ser visitados, pero no ir a la Runden Ecke sería un error imperdonable. Lo que hay allí expuesto no se puede explicar con palabras. Como diría Morfeo en Matrix “has que verlo con tus propios ojos”, y complementarlo con la audioguía gratuita que te facilitan (o al menos te facilitaban). De hecho, esa casa museo es actualmente patrimonio de la Unión Europea.

Bueno, pero todo este rollo ¿a dónde nos pretende llevar?, ¿y que tiene que ver con la dichosa novela de Anna Funder? Pues eso es lo mejor. Esa visita a Leipzig, y en particular ese museo de la Stasi, nos impresionó, y Niurka, buscando, dio con este libro que os traigo hoy.

Stasiland significa la tierra de la Stasi. La Stasi ha sido, probablemente, junto a la Gestapo (que raro, ambas alemanas), la organización gubernamental más perfecta para el control de una sociedad. Cualquier cosa que yo pueda escribir se quedaría corta. Sus métodos, sus formas, todo. Leyendo las historias del libro se me ponía la carne de gallina pues, aunque a años luz, yo viví esas historias en carne propia, primero en Cuba, hasta los 18 años, y luego en Moscú, durante mis estudios universitarios. El libro consta de varias historias, de gente machacada por la Stasi y de agentes de la propia Stasi, y creedme si os digo que son ciertas, al menos las historias de las víctimas pues, salvando las distancias, como ya he dicho, yo las he vivido, las conozco.

Pero volvamos al libro. El libro es un ensayo que ha recibido un sinnúmero de premios en Australia (de donde es su autora) y el Reino Unido, y que tiene bien merecidos. Anna pasó varios años en Berlín trabajando en un canal de televisión y una visita a la casa de la Runden Ecke le llevó a escribir este libro. En él nos cuenta su propia experiencia intentando entender a los alemanes, en este caso a los del este, a los de la RDA. El libro es redondo: comienza con la historia de Miriam, una chica que a los 16 años intentó cruzar El Muro y termina con esa misma historia, varios años después. Por el camino tenemos las historias de Julia, su casera, Klaus, su amigo rockero fundador de la Klaus Renft Combo, Hagen Koch, el hombre de la Stasi que trazó la línea por donde se construiría El Muro, Von Schnitzler, la cara de la propaganda antioccidental en la RDA, y otros. Cualquier cosa que escriba sobre esas historias no les haría justicia. Si de verdad queréis saber cómo se vivía del otro lado del telón de acero es muy conveniente leer este libro. Como se suele decir, con gran acierto en la mayoría de los casos, la realidad supera la ficción. En el caso de este libro lo hace, además, con creces. Un libro muy bien escrito, que engancha y que además es demoledor.