viernes, 23 de septiembre de 2016

El enigma de Copérnico, de Jean-Pierre Luminet

El enigma de Copérnico es la primera novela de la serie Los constructores del Cielo que ya mencioné en mi reseña anterior de la novela El incendio de Alejandría. La idea del autor era escribir una serie de novelas para, como él mismo explica
«[...] divertir, pero también para instruir. Instruir divirtiendo era ya el proyecto de Alejandro Dumas cuando narró la historia de Francia en sus novelas inimitables.»
Así por ejemplo, en la segunda novela, El Tesoro de Kepler, que como ya mencioné en mi reseña de El incendio de Alejandría, fue  donde descubrí a Luminet, se cuenta la historia de los astrónomos y matemáticos Tycho Brahe y Johannes Kepler. En particular, la novela narraba las peripecias de Kepler y el descubrimiento de sus famosas tres leyes que sin duda cambiaron la forma de entender el mundo. Si Copérnico echó a la Tierra del centro del Universo, Kepler le arrebató su órbita circular perfecta y la cambió por una elipse, algo más imperfecta.

En esta primera novela de la serie, el bastón de Euclides, que simboliza el testigo del relevo en la ciencia (y que en su precursora El incendio de Alejandría  va pasando de mano en mano entre los grandes matemáticos y científicos de la Antigüedad) llega a manos de Copérnico, el redescubridor de la teoría heliocéntrica (ya Aristarco de Samos lo había intuido en el siglo III a.C. y casi le cuesta la vida) que coloca al Sol en el centro del sistema solar y los planetas, incluida la propia Tierra, girando a su alrededor. La importancia de este descubrimiento (hoy asumido obvio) fue tal que se considera a Copérnico en iniciador de la mayor revolución científica que ha conocido la humanidad.

¿Por qué fue tan relevante este hecho?, se preguntará el avispado lector. La historia viene de lejos, y comenzó con Aristóteles quien en su Cosmología describe una Tierra en el centro del Universo y el resto de planetas, el Sol y las estrellas girando alrededor (teoría completada brillantemente por Claudio Tolomeo en su Almagesto), así como una necesidad de explicar el movimiento de todo el sistema solar. Eso terminó en manos de los teólogos, y en especial de Tomás de Aquino, con la construcción de un universo ideal donde la ciencia iba de la mano de la religión y explicaba un mundo (la Tierra y su atmosfera) cambiante e imperfecto en el centro del Universo (el reino terrenal) y otro lejano, perfecto e inmutable, el reino de los cielos, donde moraba la causa primera y última de todas las cosas, léase Dios. Esta visión les venía tan «bien» a todos que prevaleció durante  1800 años, hasta que la aparición de la obra de Copérnico Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes, en 1543, hizo temblar los cimientos de esta idílica relación, que terminaron por desmoronarse con la aparición de los aclamados Principia de Newton.

Regresemos ahora a la novela en cuestión. La historia comienza con Copérnico muy joven a cargo de su tío el Obispo polaco-prusiano Lucas Watzenrode quien se encargó de su educación y la de su hermano mayor al quedarse ambos huérfanos cuando Nicolás tenía 10 años. Cuenta el autor con ciertos detalles (algunos inventados pero posibles, como él mismo comenta en sus Notas del Autor al final de la novela) las peripecias de Copérnico en la Universidad de Cracovia, su iniciación en la astronomía, su nombramiento como canónigo de Frauenburg, su viaje por Italia donde completó su formación científica y estudió medicina, etc, etc.

En medio de toda la historia el autor nos va contando la historia de una Europa convulsa, el advenimiento de la Reforma de Lutero, la guerra entre las seguidores del Papa y de Lutero, donde en algunos momentos nuestro protagonista interviene y, por supuesto, nos va contando como se va haciendo Copérnico un nombre en el mundo de los sabios europeos. En fin, tenemos de todo, intrigas palaciegas, asesinatos encubiertos, y mucha, mucha historia de la Ciencia. El libro culmina con el paso del bastón de Euclides a su próximo dueño: Kepler, el protagonista de la segunda novela de la serie, esa que me llevó a descubrir al autor y a leer la que ahora reseño. Solo falta encontrar las tercera y cuarta dedicadas a otros dos gigantes de la Ciencia (con mayúsculas), Galileo y Newton, respectivamente.